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«Después del parón de las vacaciones, donde Roberta había disfrutado gratamente de los potajes, pucheros y demás comidas caseras de su madre, había llegado la hora de volver a la rutina más pegajosa.

Seguía religiosamente su búsqueda de empleo de donde sólo recibía pequeñas muestras de interés que infravaloraban su formación. Aún así ella no se rendía, e incluso en los días malos era tan optimista que nunca se olvidaba de participar en la lotería nacional.

-A alguien le tiene que tocar.-Decía cuando miraba cada semana los resultados sin obtener buenas noticias.

-En algún momento me tiene que tocar.-Decía cuando veía que su Cv era nuevamente rechazado en las grandes ofertas de trabajo.

Y así, el otoño se había convertido en invierno y el invierno en una primavera psicológicamente agotadora.

De modo que Roberta decidió no perder más el tiempo, excepto cuando se dejaba llevar por su desbordante imaginación, y dedicarse a generar endorfinas que le hicieran olvidar sus fracasos laborales. Quizás teniendo un cuerpo 10 consiguiría lo que deseaba.

Se enfundó en sus zapatillas de deporte del mercadillo, ya quisiera ella unas que le levantaran el culo andando 4 pasos, y salió en busca de todos los perros del lugar. Sí de todos los perros, habéis leído bien. Roberta tenía la extraña convicción de que la mejor forma de hacer ejercicio sin aburrirse, era fijar un objetivo en el parque, en este caso había decidido perseguir a cualquier perro que se encontrara en su camino. Lo malo era que eso le resultaba casi prácticamente imposible. Ella tenía una difícil forma de correr, giraba sus piernas casi 45 grados hacia fuera y movía los brazos apartándose el pelo constantemente.

Entonces aquel día, cuando como poseída por un diablo cómico corrió hacía todos lados se desilusionó. Los perros cuando la veían venir huían con el rabo entre las piernas hacia sus dueños, e incluso se atrevía a cruzar despavoridos la calle atentando contra sus vidas de forma inconsciente, víctimas del pánico.

-Cuidado!-Gritaba ella, pero sin remedio los perros se lanzaban hacia los coches.

Cuando sobrecogida por las circunstancias se decidió a parar, se sentía tan observada que avergonzada huyó con su grotesca forma de correr entre la multitud.

Desde ese momento decidió que la próxima vez perseguíria a cualquier grillito que se encontrara, el ejercicio sería muy eficaz si conseguía imitar todos sus saltos.»

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