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        «Roberta estaba todavía adormilada cuando el sonido de su despertador la trajo a la realidad más decepcionante. A esas alturas de su vida todavía ponía su despertador para no pasarse la mañana en la cama soñando despierta con dragones y mazmorras.

Dragones como los empresarios y políticos que se empeñaban en hacerle la vida más difícil, y mazmorras como la que era a veces su hogar.

Harta de ver como su vida pasaba sin ningún cambio considerable, ella se empeñaba en cambiar las cosas de sitio, pintar paredes o hacer puzzles interminables, pero no era suficiente, su mente le pedía más.

De modo que ahora se habia planteado ser una chica nueva cada día, y si para ello tenía que disfrazar su alma, lo haría con gusto.

Ese día le tocaba ser un conejo, sí un conejito blanco en un jardín rodeado de zanahorias. Era un conejito pequeño y desvalido y con grandes ojos caoba. Los demás conejos de su jaula, como pequeños matones del mundo animal, se empeñaban en empujarle sin cesar, ansiosos por tomar más comida de la necesaria. Ella se aisló en un rincón y rezó porque los demás acabaran pronto y se fueran a dormir. Sin embargo no fue así, los demás conejos comieron y comieron hasta que sus barrigas explotaron, y entonces se vió cubierta de grandes babas apestosas y amarillas.

-Stop!-Dijo a su mente, ya basta de imaginar.

Esta vez el disfrar que tenía que usar en su nuevo trabajo temporal, promotora de productos ecológicos, le jugaba malas pasadas.Pero ahí estaba ella, ante el espejo con unas grandes orejas blancas y puntiagudas y una bolita de algodón en su trasero.

Como en el Diario de Bridget Jones, tendría que aguantar miles de miradas apabullantes mientras sonreía a cada cliente, vestida de conejo.

Pero ella se había propuesto un cambio, y en este caso no era dejar de fumar y perder peso, era controlar su extraña enfermedad.»

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